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Las bases biológicas de la moralidad. Biología evolutiva e historia de las ideas

El bien y el mal no los descubrimos sino que los inventamos. Si esto es verdad, la pretensión de algunos psicólogos evolucionistas y algunos científicos cognitivos –infectados por el meme panadaptacionista– de explicar la conducta moral buscando sus bases en una función específica sería equiparable a la búsqueda del flogisto. Es decir, sus empeños estarían abocados al fracaso.

¿Y si resulta que ese altruismo natural no es capaz de explicar la conducta moral? No parece que muchos hayan tomado en cuenta esta alternativa a pesar de que hace ya un par de siglos que ha había sido formulada en filosofía moral. El espectacular éxito de la biología desde la segunda mitad del siglo XX parece haber convencido a muchos que la única clase de explicación naturalista legítima de la conducta moral sería la que parte del supuesto de que ésta debe ser una adaptación biológica; por tanto cableada en nuestros cerebros por la selección natural.

El naturalismo en filosofía moral, desde Hume a J. Mackie, ya había elaborado explicaciones alternativas mucho más elegantes (parsimónicas), que no requieren asumir un supuesto altruismo natural, una socialidad perfectamente “programada” en los individuos.

Según el escepticismo moral que estos filósofos proponen, aprenderíamos moralidad de la misma forma que aprendemos a hacer mesas. Una mesa es un objeto artificial hecho con materiales naturales, madera en este caso. De igual modo, las reglas morales serían un producto artificial, una convención, “fabricada” con materiales naturales, en este caso, emociones (las pasiones) y una empatía naturalmente limitada al círculo familiar o tribal. Claro que la analogía tiene el siguiente límite: las convenciones, a diferencia de los objetos físicos como la mesa, no tienen ninguna realidad más allá de la interacción social que las produce.

P.D. Los ateos que conceden a los teístas la presunción intuitiva –pero carente de la más mínima evidencia– de que existen valores morales objetivos, están con ello dejando entrar al caballo de Troya teológico.

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