El dogmatismo de Sam Harris y el escepticismo naturalista

La provocadora propuesta de Sam Harris de una ciencia moral, que ha suscitado un caluroso debate, tiene al menos la virtud de popularizar un importante y antiguo problema filosófico que de otra modo permanecería en la academia. A saber: la cuestión de si hay o no una moralidad objetiva y, si la hay, cuál es su base. Es Roberto Zugasti quien ha introducido la idea de Harris en español -en cuyo blog discutíamos la propuesta.

Las intenciones de Harris son buenas: combatir el relativismo moral inherente al programa multiculturalista-postmoderno, cuyos excesos habrían conducido a un tabú respecto a formular juicios de valor -bajo pena, p.e., de ser acusado de etnocentrismo- debido a la falta de fundamentos racionales o, en otras palabras, debido a una radical e insuperable subjetividad. Pero la propuesta que presenta cae de lleno en el más ingenuo de los dogmatismos. Y roza el antiintelectualismo cuando sugiere que el escepticismo moral “tiene [malas] consecuencias” -la antigua falacia de combatir una idea aduciendo su presunta inutilidad o prejuicio social. Cierto relativismo es no sólo esencial dentro de la investigación académica sino sano desde el punto de vista del progreso moral de la civilización.

Ahora bien, el problema con la respuesta crítica que tiene la propuesta de Harris por parte de Freddie DeBoer, y probablemente de otros inclinados hacia las ciencias sociales, es que convierte un loable escepticismo y “modestia epistemológica” en la pereza intelectual del peor posmodernismo: la incapacidad de superar el solipsismo y por tanto la negación de toda posibilidad de hacer juicios morales. La suspensión del juicio o ataraxia, el máximo fin al que conducía la desconfianza en la razón propia del escepticismo griego y del escepticismo fideista y antiintelectualista del siglo XVI, podía ser plausible entonces dado el relativo desconocimiento del mundo natural. Pero, al menos desde la modernidad, esa postura, que podría llamarse escepticismo indiscriminado, es decir, uno que no es proporcional a la evidencia y a la razón, sería poco sostenible.

Entre los que sostienen que las verdades morales son de alguna manera descubribles y los que sostienen que no existen, están los que admiten que la razón desempeñaría un papel crucial en reconducir y pulir nuestras intuiciones morales rudimentarias, aun cuando, no obstante, éstas serían por definición últimas, injustificables e inapelables -producto de la evolución fortuita de una especie que habrá ocupado una parte insignificantemente pequeña del Universo y del tiempo. Históricamente, esta clase de escepticismo filosófico, un escepticismo racional y naturalista que dolorosamente pone las pretensiones antropocéntricas en el sitio que le corresponde,  ha sido y, sin duda, sigue siendo el más afín tanto al método como al espíritu de las ciencias naturales.

ADDENDUM: Sobre por qué la comprensión escéptico-naturalista de la moral no conduce al nihilismo, como Harris sugiere, ver el post de hace casi un año de Tom Clark en Meming Naturalism.

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